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Demócratas por delante en la carrera por la Presidencia de EU

Cuando era un político en activo, una de las imágenes más icónicas de Joe Biden era con gafas Ray-Ban de aviador y una sonrisa de oreja a oreja, con los dientes blanquísimos. En los últimos días, el exvicepresidente demócrata parece que tiene motivos para sonreír, aunque sea bajo el cubrebocas que usa por la pandemia del coronavirus. Coronado desde hace semanas como virtual candidato de su partido a la Presidencia, ve cómo las opciones de llegar a la Casa Blanca aumentan por momentos, aupado por la (nula) gestión del Covid-19 de su rival, el presidente Donald Trump, desestabilizado en las opciones de victoria a menos de cuatro meses de las elecciones. Un mandatario que además empieza a ver las orejas al lobo, con su equipo de campaña en estado de alerta constante por la incapacidad de cimentar la ventaja de estar en el cargo más importante del planeta, con encuestas apilándose con resultados nefastos y sin triunfos con los cuales revivir su candidatura. La media de encuestas recogidas por Real Clear Politics ponen a Biden con 8.8 puntos de ventaja sobre Trump; el cálculo estadístico recopilado por FiveThirtyEight eleva la diferencia a los 9.6 puntos favorables al demócrata. La encuesta de Monmouth University presentada esta semana, una de las mejor calificadas por los expertos por su precisión, dispara al aspirante 12 puntos por encima del gobernante republicano. “No podemos ganar con estos números, son atroces”, confesaba al The Washington Post Edward Rollins, copresidente de uno de los principales comités de acción política pro-Trump encargados de recaudar e insuflar dinero en favor de su candidato. El mandatario está de capa caída aun en grupos nucleares entre su electorado como los evangélicos, que, a pesar de que en global siguen apoyándolo, por primera vez le dan la espalda (aunque sea mínimamente) en los territorios donde más los necesita. Todos los datos son malos. Incluso Biden recaudó mucho más dinero en el último mes que Trump —141 millones de dólares frente a 131 millones de dólares—, algo inaudito para un presidente en el cargo. La campaña de Trump está probando absolutamente todas las opciones posibles de ataque contra Biden, a la espera de que alguna agarre con fuerza en la opinión pública y arrastre a su rival hacia la derrota, al igual que sucedió hace cuatro años con los correos electrónicos de la exsecretaria de Estado Hillary Clinton. Los últimos intentos van desde tachar al demócrata de senil o de dar cobijo entre su base a los que según Trump no tienen respeto por la autoridad policial. De momento, nada está funcionando, y el gobernante, a la desesperada, está apostando duramente a su discurso más radical, racista y contundente para al menos solidificar su base más fiel. Una de las encuestas más preocupantes es la que hace una semana sacó el The New York Times, centrada en estados bisagra en los que se decidirá la elección. En todos —Michigan, Wisconsin, Pennsylvania, Florida, Arizona y Carolina del Norte—, Trump iba por detrás de Biden. La campaña del presidente tiembla y son muchas las voces que están exigiendo cambios en el organigrama, una sacudida que la resucite, porque parece estar en situación crítica y que no entiende que datos como la recuperación de empleos tras la catástrofe de desempleo por el coronavirus no haya variado ni un milímetro las encuestas. El único consuelo al que puede asirse la campaña de Trump es que a estas alturas, en 2016, Hillary Clinton ganaba también por 12 puntos de diferencia, pero terminó perdiendo. Eso sí: por culpa de tan sólo 70 mil votos repartidos en tres estados. No es todo un camino de rosas para Biden. El exvicepresidente hace días que ha salido del sótano de su casa y ha empezado a hacer actos de campaña: reducidos, con todas las medidas de distancia social necesarias. En los casi cuatro meses que quedan hasta las elecciones tiene la difícil tarea de elegir a quién será su vicepresidenta; cada vez hay más consenso que será una mujer afroestadounidense, sucumbiendo a la presión en plena introspección racial; y, todavía más crucial, debe unificar de forma definitiva al partido. Un Partido Demócrata que debe convencer al sector más progresista que debe apoyar a Biden: acogerlos bajo el ala de una figura tan marcada por el establishment que, a pesar de que tiene el apoyo indiscutible de los líderes de todas las facciones del partido y de los principales donantes, todavía tiene que convecer a los electores de a pie, no cometer el mismo error que en 2016 y asumir que va a haber una gran movilización en las urnas. No queda claro que lo vayan a conseguir, y menos con las voces que están surgiendo (especialmente derivadas en el seno de las protestas por la igualdad racial) que Biden tampoco es un candidato que les convenza, y la posibilidad que decidan emitir su voto a un tercer partido que, en el sistema electoral bipartidista estadounidense, es casi como tirarlo a la basura. A lo que deberá prestar mucha atención la campaña de Biden es al movimiento progresista dentro del partido, que a pesar de que podría parecer que se acalló tras la victoria del exvicepresidente en las primarias del partido, está demostrando recientemente que está con más fuerza que nunca. Como prueba, los resultados de las últimas primarias, especialmente con los triunfos en Nueva York y el gran desempeño en Kentucky de candidatos claramente progresistas, una oleada de jóvenes, sin experiencia política y de comunidades minoritarias —afroamericanos, latinos, de la comunidad LGBTTTI—, que bebiendo de la experiencia de 2018 de figuras como Alexandria Ocasio-Cortez y sus compañeras de The Squad llegan a primera línea demócrata para sacudir al partido desde la izquierda. Una izquierda cercana a los postulados del senador Bernie Sanders y que, para dar su apoyo a Biden, necesitarán más que una plataforma basada en la oposición a Donald Trump. Unas primarias, por cierto, que todavía no tienen resultado definitivo en muchos casos por un motivo concreto: la avalancha de voto por correo debido a las restricciones y precauciones por el coronavirus. La pandemia va a ser un elemento muy a tener en cuenta en las elecciones y Estados Unidos ya empieza a asumir que es probable que el próximo 3 de noviembre, si la elección está muy reñida, el país se vaya a dormir sin saber quién será su presidente para los próximos cuatro años. Una situación inverosímil que no sólo dará pie a posibles solicitudes de recuento —y ahí entra la reminiscencia a lo sucedido en Florida en el año 2000—, sino que es casi seguro que provocará que la reclamación de Trump sobre los problemas del voto postal, que desde hace semanas se ha convertido en caballo de batalla del presidente, se agudice todavía más. En caso de derrota, es casi una certeza que reclamará que se cometió fraude, sumiendo al país en un contexto totalmente impredecible.